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La bestia con el martillo me estaba molestando. No estoy muy seguro de cuánto me persiguió, pero estoy seguro de que duré mucho tiempo con vida. Me estuvo siguiendo desde que salí del paso del Niddhogg, tratando de matarme. Siendo honesto lo único que me mantuvo con vida es el amuleto que llevo al cuello: una especie de collar con un símbolo, tres líneas uniéndose en una punta, formando una flecha que apunta hacia arriba. Es el símbolo de los bardos. Tiene algún tipo de magia, que agudiza mis instintos y percepciones.
No se preocupen en saber mi nombre, en ese momento no lo recordaba. “Tengo que encontrar a Idher” eso es lo único que pensaba. Idher, una chica de cabello rubio y ojos grises, casi plateados, era la única cosa que recordaba. Tenía la sensación de que era alguien muy importante para mí… En fin. No tengo tiempo para buscarla, aquel troll sigue detrás de mí, e insiste en llamarme Tintenhart, aunque dudo que ese sea un nombre.
Tari, el hada que me cuido, me explico que debía ir al sur, a la ciudad de Yiré Shalem, esas eran las ordenes de Metatrón; y no, no recuerdo a Metatrón. Ir a una escuela “para personas como yo”, lo que sea que eso signifique. Llegue al final de los altos del Calafalas, a lo lejos pude ver una ciudad relativamente grande. Por los campos de cultivo alrededor, era obvio suponer que era una villa de agricultores. Me detuve un momento a observar el paisaje, en esta frontera, el mundo empezaba a volverse mas cálido. El ombligo del mundo: Kanahán, la nación de los Altos Reyes humanos. Estaba muy cerca de mi destino.
Me detuve demasiado tiempo, me llegó el aroma de piel chamuscada y ligeramente podrida. Di media vuelta y desenvaine mi espada. De entre los arboles saltó a la vista una imponente figura: medía más o menos tres metros de altura, su corpulencia era realmente aterradora. Era difícil distinguir entre su piel y la armadura que llevaba, pues ambas eran grises. Llevaba un yelmo adornado por dos protuberancias que figuraban como cuernos sobre su cabeza. Sus ojos eran completamente negros y sin pupilas, debo admitir que eso me daba un poco de miedo. En su mano derecha, portaba un enorme mazo, que ya hubiera aplastado completamente mi cuerpo de no ser por la magia de mi amuleto.
—Te encontré—dijo, mostrando una sonrisa que hubiera asqueado a cualquiera.
—No me digas.
—Tienes un sentido del humor peculiar Tintenhart—no dejaba de mostrar sus putrefactos dientes—, es una lástima que tenga que aplastar tu cabeza.
—Bien podrías no hacerlo—comenté.
—Tengo que—explicó—, es mi cabeza o la tuya.
—¿Hay alguien lo suficiente feo como para intimidarte, grandote? —inquirí.
—Siempre hay alguien más poderoso—respondió con un gesto de desprecio—pero ordenes son ordenes.
Levanto su mazo y lo descargo en un repentino golpe hacia mí. No hubo mucho inconveniente, rodé hacia un lado y levantándome, realice un mandoble a su antebrazo. El troll aulló de dolor.
—¡No otra vez! —gritó. Y tenía razón, era más o menos la quinta vez que hacia ese movimiento para herir su brazo. Era algo instintivo.
Intento sujetarme con la mano que tenia libre, pero reaccione rápido y le hice un corte profundo en la palma de su mano. Aproveché que se echó para atrás y me escabullí por en medio de sus piernas. Salté a su espalda, y encendido en desesperación y cansancio, alce mi espada y lo apuñale lo más fuerte que pude.
Media espada se clavo en su espalda, mientras el troll aullaba y se sacudía del dolor. No estoy seguro si quería tirarme de su espalda o solo se estaba convulsionando antes de morir. Soltó su mazo y trato desesperadamente de alcanzar su espalda, cabe destacar la suerte que tuve al toparme con un troll cuya joroba era mas grande que sus brazos.
En un intento desesperado por matarme, se lanzo hacia atrás contra un árbol que estaba al borde del risco. Antes de quedar hecho puré, salté y sonreí cuando el troll expiró finalmente, al enterrarse la espada completamente.
Intente levantarme, pero sentí un ligero tirón cuando me alejaba del troll. Me percate de que mi capa estaba atorada en la espalda del troll. Tire de ella repetidamente, pero luego de un rato, supuse que se había clavado junto con la espada. Intente mover al troll, pero solo conseguí herniarme. Me senté y me puse a pensar en cómo salir de aquel embrollo. Me sentí como un completo tonto al pensar que yo mismo me había clavado a su espalda, podía tal vez quitarme la capa y avanzar, pero no sabía cuánto tiempo estaría en la montaña.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por un crujir, que sacudió todo mi ser: Las raíces del árbol, estaban desvencijándose rumbo al vacío. Me levante en completa alarma y empecé a tirar desesperadamente de mi capa. Solo conseguí que el árbol crujiera más. Empecé a desabrocharme la capa, pero antes de poder quitármela del hombro izquierdo sentí un tirón que no me dio la oportunidad de gritar. Iba a caer de cabeza por el borde, pero pude desabrochar la capa justo a tiempo. Me sujete de un borde con mi mano derecha.
Mi hombro izquierdo, dolía y punzaba, intente moverlo, pero el mínimo movimiento, me llenaba de un dolor indescriptible que me impedía pensar; de inmediato supe que estaba roto. A pesar de la deplorable situación en la que me encontraba, una mano evitándome caer al abismo, un hombro hecho trizas, con frío y hambre, no pude evitar reírme. Sin duda era una risa histérica, pero era alentador el que me haya salvado de morir a pesar de mi mala suerte.
—Parece que los Elohim aún que quieren—dije.
Mala conjetura, de un momento a otro y sin que pudiera hacer nada para evitarlo, el saliente en donde estaba se removió y caí al abismo. Grité lo más fuerte que pude.
Desperté en una cama, en una choza de madera. En primer lugar, sentí pánico. ¿Quién no lo hubiera sentido en mi posición? Intenté levantarme, pero sentí como si mi cuerpo hubiera sido despedazado y luego cosido con hilo de metal. Mi hombro estaba vendado y olía ligeramente a rosas, noté que ya no me dolía tanto como antes.
Miré a todos lados, era una choza rudimentaria, parecía que nadie había vivido ahí en años. Los muebles estaban llenos de polvo y las esquinas tenían grandes telarañas. No me imagine que tipo de persona podría vivir ahí, puede que fuese buena, pues me había cuidado, o tal vez era una bruja que quería carne fresca para el almuerzo.
Alguien entró por la puerta, interrumpiendo mis pensamientos. Era un hombre vestido completamente de blanco, tenía las vestimentas de un pastor, trabajo que quedo corroborado al ver el cayado que llevaba en su mano derecha. Su cabello era corto y sus rasgos bien definidos. Su nariz era larga y delgada, como cualquiera de los habitantes de aquella región, pero sus ojos… unos profundos y enigmáticos ojos café almendrado era lo que más llamaba la atención.
Algo me resultaba muy familiar en él. Como si lo conociera desde hacía mucho tiempo atrás, sentí como si mi cuerpo mejorara con su presencia. “Tal vez es un mago” pensé. Pero no, algo dentro de mí me decía que él era mucho más que eso.
—Veo que ya despertaste—dijo
—¿Nos conocemos? —pregunté
—¿Deberiamos? —contestó con una sorisa.
—N-no estoy muy seguro—dudé—¿Quién eres tu?
—Un viejo amigo tuyo
—¡Entonces si nos conocemos! —exclamé
—Yo sí te conozco a tí, tu a mi no— pude notar un tono enigmático en su voz, que por alguna razón me tranquilizaba.
—¿Dónde estoy?
—En Beit-Lejem, cerca de Yiré Shalem.
—¡¿Qué!? —exclamé, tratando de incorporarme, pero el dolor punzante en mi cuerpo me obligo a recostarme de nuevo—¿C-cómo llegue aquí?
—Yo te traje—dijo con naturalidad—Te ví caer de la montaña y te traje aquí.
Entrecerré los ojos y lo mire fijamente. Era sospechoso, había llegado por arte de magia a unos cuentos kilómetros de mi destino, siendo traído por un pastor que dice conocerme pero que no me ha dicho su nombre aún.
—¿Quién eres tu? —pregunte—¿Cómo te llamas?
—No puedo decirtelo—dijo con casi pena— los nombres don demasiado poderosos.
—¿Me conoces?
—Ya te dije que sí—alego con mucha paciencia. Yo solo sospeche mas de él.
—¿Cómo me llamo? —inquirí tratando de probarlo
—No es mi deber decírtelo—dijo moviéndose en la habitación—, lo descubrirás más tarde, por ahora, tienes que dormir.
Dicho esto, golpeo el suelo con su cayado tres veces, y me sumí en la inconsciencia.
Me encontré caminando en medio del desierto. A lo lejos podía ver una alta montaña que se erguía en medio de la planicie. Algo me decía que fuese hacia allá. Eran unos cuantos kilómetros de distancia, pero en tres pasos ya había llegado a las faldas de la montaña; en la cima había un imponente castillo, una fortaleza siendo objetivo. Quería ir, pero sentía que si subía la cumbre, mi destino estaría esperándome allí y eso me aterraba.
—Sigue al pescador rojo—me susurro una voz, justo en mi nuca, dándome escalofríos—busca a Shmol.
Mire a todos lados buscando la fuente de la voz, pero no encontré nada. Cerré los ojos, pensando en despertar, pues no es la primera vez que soñaba cosas así. Cuando abrí los ojos una rubia de ojos grises me miraba fijamente a los ojos… pero no me espante.
—Idher…—susurre tocando suavemente sus mejillas—te estuve buscando…
Me quede viéndola unos instantes, teniendo breves destellos de un tiempo pasado, en el que ambos corriamos por una colina, ella corría delante de mí gritándome que me iba a vencer, se veía… tan feliz. Ella rodeo mi cuello con sus brazos y se acerco a mi odio.
—Te extrañe tanto… Rajam.
Rajam… ese no era mi nombre, era extraño, una sensación de escalofrío recorrió mi cuerpo. Por alguna extraña razón, yo sabía que ese no era mi nombre, pero mi espíritu me hacía sentir como si ese nombre me hubiera pertenecido siempre.
Idher empezó a llorar y apretó sus rostro contra mi pecho, murmuraba cosas entre sollozos, sin que yo pudiera consolarla. La abracé fuerte y acaricié su cabello, sabiendo que eso la calmaría de alguna forma. Ella alzó la mirada, tenía sus bellos ojos grises completamente enrojecidos.
—¿Nos veremos pronto? —pregunto
—Sí—respondí con una sonrisa.
Nos acercamos lentamente, iba a besarla.
Oí un murmullo atronador que se cernía sobre nosotros. Voces de cuervos que gritaban agitándose alrededor de nosotros. Idher me abrazo muy fuerte, se veía asustada, pero en lugar de inmutarse, saco un cuchillo de su cintura.
—¡Leiche! ¡Leiche! ¡Leiche! —gritaban los cuervos, que se arremolinaban sobre nosotros.
No se por qué, pero ese nombre: Leiche, me llenaba de ira y miedo al mismo tiempo. Los cuervos, empezaron a juntarse frente a nosotros, formando una figura negra de cinco metros. Abracé mas fuerte a Idher temiendo lo peor. Aquella figura, era como un vacio, era un ser terrorífico, que nos observaba con unas cuencas vacías y llamas rojas en vez de ojos.
Tenia unos cuernos que sobresalían de su frente y le daban una apariencia aun mas aterradora. Era como un esqueleto gigante cubierto por una túnica más negra que la noche. Hizo un movimiento de su mano y un báculo se materializo. Lo alzo sobre su cabeza, sin dejar de observarnos, pronunció un encantamiento en palabras antiguas y desenvaino una espada larga y curva.
Miré la espada, parecía que acababa de ser reformada. Tenía marcas de unión y manchas de sangre. Idher comenzó a llorar.
—¿Por qué no nos dejas en paz? —grité sin poderme controlar—¡Esto ya acabo hace mucho!
El monstruo alzo su espada y acto seguido, descargo un golpe terrible sobre nosotros. Desperté.

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