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El día amaneció gris, la oscuridad había arrebatado su lugar en el firmamento a Dragh y ahora; el manto de Nolt cubría todo el territorio de Keltnar. En el cielo se auguraban malos presagios. Era todavía la época de Sumanios y el viento barría con su frío invernal las escasas hojas que aún se negaban a ser arrancadas de los árboles, intentando impedir con su fútil empeño, que la vida siguiera su curso.
Todo permanecía en silencio a excepción de Heol, que empeñado en mecer con su glacial aliento las ramas de los desnudos robles y también de un grupo reducido de viejos y sabios castaños centenarios, anclados férreamente a la tierra, a su tierra, la misma que pisaban desde tiempos inmemoriales, conseguía dar forma a un siniestro baile, marcado por el ritmo continuo de sus alaridos, para festejar la victoria de la muerte sobre la vida.
La mayoría de los animales que habitaban en aquel profundo y espeso bosque, ya fueran grandes y solitarios osos, feroces clanes de lobos, gráciles pero a la vez majestuosos ciervos o incluso hasta las alimañas más pequeñas y escurridizas; se habían refugiado en sus madrigueras, ocultos hasta que pasara la tormenta y sobre todo conscientes de que se avecinaban tiempos difíciles, tiempos en los que sólo los más fuertes y aptos sobrevivirían, mientras que los débiles y enfermos sucumbirían al proceso eugenésico de la madre Tierra.
Ellos lo sabían, la naturaleza les había dotado de un sexto sentido y en aquellos momentos debían resistir estoicamente al asedio de los elementos. Incluso dentro de las entrañas de Bjanar su propio aliento les congelaba, como consecuencia de la fuerte ventisca que no cesaba en el exterior, cegando a todo aquel lo suficientemente insensato, para atreverse a salir y hacerle frente.
La vida en Keltnar siempre había sido así de dura, incluso antes de la llegada del Tiempo de los Hombres. En esta implacable tierra no había lugar alguno para los mediocres y endebles. La dureza de Bjanar servía para purificar el mundo de aquellos que no merecían o no se habían ganado el honor de vivir en ella y de disfrutar de sus dones.
Con el devenir de las Eras, la delgada línea que antaño separaba la locura de la razón, la vida de la muerte, a los vivos de los eternos, se estaba volviendo cada vez más difusa y endeble. Lo peor de ambos mundos se mezclaba impune en un único y destructivo ente, que no dejaba de parir a criaturas corruptas y grotescas, que prosperaban vorazmente en el pestilente fango de la cobardía y la traición.
En este mundo devastado, mantener la paz resultaba una tarea casi épica. Luchar, pelear por lo que es de uno, en definitiva sobrevivir. En Keltnar si no te comportabas como un cazador, eras el cazado. El fuerte siempre se ha beneficiado de la caída del débil y en esta nueva era del caos que se avecinaba, esta gran verdad de la condición natural iba a resultar mucho más que cierta

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