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—Te digo que aquí no hay nadie, no puede estar aquí —aseguró el niño con voz insegura—. ¿A quién se le ocurre entrar en este bosque? Creo que deberíamos dar media vuelta o nos perderemos antes de encon…
— ¡¿Quieres callarte?! —vociferó su acompañante. Tenía el pelo negro y encrespado, una nariz ganchuda y unos ojos muy juntos bajo las pobladas cejas, también negras. Era realmente feo, y su cuerpo demasiado grande para las pequeñas piernas. Era alto, sí, pero todo era torso y vello. Parecía un oso monstruoso con un hacha colgada del cinturón que se balanceaba a cada paso—. Claro que está aquí. Esa rata escurridiza deja un rastro con su peste de florecillas y tierra mojada. Vamos, entra ahí —ordenó señalando al centro de unos árboles.
— ¿Yo? ¿Por qué yo? Entra tú primero.
Una mirada bastó para hacer avanzar al chiquillo. Por mucho miedo que tuviese, enfrentarse al Oso era peor. Mucho peor. Además él estaba solo. Si aquel hombre le abandonaba, le vendía por fallarle, o le dejaba allí, no le quedaría nada, así que se agachó para atravesar las ramas que les impedían el paso, y una vez al otro lado pensó las palabras adecuadas para el hechizo.
—Helsan eluenti maluen —entonó el chico, y las ramas se movieron con rapidez para dejar paso a su gigante acompañante.
El hombre ya había cogido el hacha con la mano y se dedicaba a cortar todo lo que tenía en un radio de dos metros. Pasó por delante del chico y le dedicó una única mirada de desprecio, mientras él se limitó a mirar hacia abajo y a esperar.
—Ahí hay una puerta, entre la maleza —señaló el muchacho al ver que el Oso continuaba cortando ramas en otra dirección.
—Ya lo sé, idiota —espetó—. No necesito que alguien como tú me diga qué debo hacer. ¿Crees que no lo sé? ¿Eh, eso crees? Pues estás muy equivocado. Sal de mi camino, voy a tirarla abajo.
—No podrás…—susurró.
El grandullón agarró el hacha con las dos manos, se colocó ante la puerta y tiró los brazos hacia atrás para golpearla con más fuerza. El arma rebotó dejando al Oso tambaleándose. Gruñó y volvió a intentarlo, esta vez desde más lejos, cogiendo carrerilla tres metros más allá. El hacha no rebotó pero el filo se rompió con un crujido.
— ¡Joder! —gritó el hombre. En menos de dos pasos llegó a la puerta y la aporreó con el puño—. ¡Sal de aquí maldita bruja! Sé que te escondes en esta mierda de bosque. ¿Me oyes? Tienes un minuto para salir, sino, pienso quemarte viva, ciega de mierda. Rey, abre la puerta, después quema todo lo que veas.
—Pero… ¿Y si está ella ahí dentro? No quiero hacerle daño —gimió el muchacho—.La necesitamos viva Oso, no podemos hacer nada o no nos darán la recompensa.
—Hazlo o acabarás como ella—. Fue lo único que dijo, y con ello le bastó—. Ahora.
Ni siquiera hizo falta que se pensara las palabras para abrir la puerta porque se abrió sola dejando en el aire una nube de polvo y un chirrido estrepitoso.
—Bienvenidos galantes caballeros, estáis en vuestra casa —saludó burlona una voz de mujer entre la oscuridad. Por su tono, estaba claro que no pensaba ni lo uno ni lo otro, y eso al Oso le irritó. El hombre buscó en la penumbra al chico y dio un codazo a la altura de su espalda haciendo que se tambalease mientras crujían los tablones del suelo. Supo que era su momento de actuar pero no quería obedecer, así que se agachó y se quedó muy quieto a la espera. Se escuchó un graznido y una risita, apenas era un susurro pero se grabó en la mente del Oso como un taladro amenazador.
Se estaba riendo de él.
— Ni lo intentéis. “Las alas negras se abalanzan contra la presa,” así sonará vuestra canción, mis queridos viajeros... “quién es, decían, puede que una dulce princesa.” —Entonó la mujer—. Lástima que no llegaréis a oírla entera, me está quedando muy bien —rió—. “Todo por una pequeña niñita, qué lástima, la pobre está perdida”… Mmm…Eso no suena tan bien. Siempre me quedan mal los finales —comentó con una amplia sonrisa.
— ¡Basta, bruja! —Gritó el hombre impaciente — ¿Dónde está la niña?
— ¿Qué niña? ¿He dicho yo que aquí hay una niña? —Los graznidos le respondieron entre el sonido del bateo de la alas, cada vez con más fuerza—. Pero qué mala cabeza tengo… Tendréis que perdonarme. Deja el hacha donde estaba —ordenó, cambiando su dulce voz por un tono más seco y brusco, imponente—, estáis en mi casa, un poco de respeto señores—disimuló una risita y continuó hablando, pero el Oso ya no se pudo contener más.
El hombre arremetió contra la oscuridad cuando se encendió la chimenea. Las llamas ardían con brío, feroces. Entonces la mujer apareció, tumbada vagamente en un antiguo sillón y rodeada de cuervos negros. Vestía atrevidos atuendos remendados varias veces, de distintos colores tal puzzle sin acabar en el que faltan estratégicas piezas. Su pelo estaba alborotado y parecía desafiar a lo que años después conocerían como gravedad, extendiéndose hacia los lados en rizos y bucles enredados entre ellos, y en el centro, un gorro acabado en punta reafirmaba ese aire de ironía y sarna que le envolvía por completo.
Por unos segundos tan solo se escuchó el crepitar del fuego y el bateo incesante de los cuervos, pero después un gemido lo quebró. Provenía de detrás de la única puerta que había en la sala y al parecer, el joven muchacho fue el único que lo escuchó. Se arrastró por el suelo gateando, esquivando las piernas del Oso con movimientos lentos y suaves lo más silenciosamente posible, pero cuando casi había llegado, el profundo grito del Oso le hizo detenerse y mirar hacia atrás donde éste arremetía contra la mujer, hacha en mano.
Sin apenas esfuerzo la chica saltó del sillón como una cría juguetona entre risas y plumas, dejando que lo que quedaba del filo del arma se clavara en él, partiéndolo por la mitad. La Bruja se giró con expresión de enfado infantil, y de morros desapareció ante la oscuridad que volvió de repente. Los cuervos se lanzaron hacia los ojos del Oso mientras el niño se incorporaba para atravesar la puerta que se cerró tras él.
Era una habitación mucho más pequeña, desordenada. En el centro, una niña lloraba abrazada a una muñeca de piel. Estaba inmóvil cuando él entró, pero al mínimo sonido se giró bruscamente haciendo bailar sus rizos negros y miró frenéticamente hacia todos lados.
—¿Quién…?—preguntó asustada hacia la puerta entre sollozos y los anaranjados ojos llenos de lágrimas, que descendían por sus mejillas oscuras.
—Shhht… baja la voz. El Oso ha venido a por ti, bueno…en realidad hemos venido a por ti. Los dos. Tienes que irte ahora… —dijo a toda prisa—. Vamos, sal de aquí—.Y le tendió la mano para ayudarle a levantarse.
—No. Yo sola no puedo—gimió la niña.
—Pero yo no puedo ir contigo… Mira, si te quedas, el Oso te matará. Ya has visto lo que puede hacer con su magia negra… Te ha cegado— se atrevió a decir al tiempo que se acercaba a ella y rodeaba su cintura con los brazos para cargarla. Apenas pesaba nada y era muy delgada.
— ¿No irás a salir por la puerta, verdad? ¡Espera! Detente. ¿Qué haces? No me cojas.
—Dije que te callaras. Escucha. Si no haces ruido no nos pasará nada pero si sabe que estás aquí no solo morirás tú, sino que me arrastrarás contigo. Creo que sé qué podemos hacer, pero tienes que confiar en mí.
—La última vez que dijiste eso, acabé en este bosque. Ciega. Mientras me perseguías. Déjame en el suelo y vete, así todo acabará antes—se estremeció.
—Qué tonta eres— susurró mientras la alzaba.
Había tomado una seria decisión. La protegería como no pudo hacerlo en el pasado. Habían estado juntos desde que él la encontró jugando sola en su jardín, sin nadie que cuidara de ella. Entonces Irri solo tenía 3 años y él 5. Cada tarde se encontraban en el mismo lugar para ver cómo el sol desaparecía tras las montañas porque a la pequeña le gustaba la luz, pero una tarde él no apareció. Ni volvió a hacerlo nunca. Vivo en su recuerdo infantil, la niña le siguió esperando día sí y noche también.
“Nos veremos cada día. Te lo prometo”
Le dijo la primera tarde Rey, pero finalmente rompió su promesa como siempre hacía.
Seis años después, el Oso y él se encontraban persiguiéndole por veinte monedas de oro tras maldecir y marcar su vista por el resto de sus días.

— No volveré a dejarte—prometió él antes de abrir la puerta—. Aruen ishikar….
Poco a poco atravesaron la habitación sin ser vistos. El hechizo de oscuridad les rodeaba por completo y no dejaba que ojos extraños se fijaran en ellos, pero incluso sin él lo hubiesen conseguido. No había ni rastro de la Bruja, pero había dejado unas manchas de sangre en la pared, el sofá hecho añicos, los cristales rotos sobre el suelo, y los cuervos sobre el cuerpo inerte del Oso. El muchacho tuvo que contenerse para no vomitar ante la macabra escena, ya que el colosal cuerpo se había separado en tres trozos. Los brazos habían acabado en la otra punta del cuarto, las piernas eran las protagonistas del juego de tres carroñeros que tiraban hacia todas direcciones, y el torso y la cabeza colgaban de la chimenea a la espera de un fuego que nunca llegaría, dejando así que tan solo el tiempo pudiese deshacer la mueca de dolor que reflejaba.
Salieron a toda prisa y aunque ella pataleó y golpeó la espalda del muchacho, él no la dejó en un solo segundo.
—Reynard… Déjame en el suelo— sollozó la pequeña, y comenzó a llorar de nuevo— Necesito tocar el suelo ahora.
— ¿Pero qué…? Bueno, haz lo que quieras—. Y la bajó con suavidad. Se dio cuenta de que iba descalza y que no le importaba el frío de las hojas mojadas. Ella se agachó hasta quedar de cuclillas y le indicó que hiciera lo mismo—. Irri, yo…—comenzó a decir.
— ¿Por qué me dejaste? —-cortó ella con voz más segura—. Nunca te olvidé, Rey, porque fuiste mi único amigo. Pero te fuiste sin decirme nada, cuando yo te creí. Te fuiste y me dejaste sola—. Esperó para ver qué decía, pero él siguió callado, observando la rareza de sus ojos naranjas que se habían perdido en la oscuridad más absoluta—. Hace mucho que te espero—. Susurró. Y después sonrió como lo había hecho aquella primera tarde cuando le vio sentarse a su lado buscando su mano para estrecharla fuertemente—. Ya no puedes dejarme más. Ya no…

[…]

Tras esa noche no se supo nada más de aquella mujer que había protegido a la niña, simplemente desapareció.
Y en el bosque quedó la canción de la Bruja, su risa, y el batir de las alas negras.

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