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El chico de cabello azabache contempló el horizonte, con la mirada clavada en la siniestra roca que se alzaba varias leguas a lo lejos. El día iba dejando paso a la oscuridad mientras los últimos rayos de sol incidían sobre las negras murallas de la fortaleza haciendo que estas relucieran con intensidad. Se burlaban de él, parecían repetirle “estás perdiendo el tiempo, chico, date la vuelta y regresa a casa”; pero ya era demasiado tarde. Un estremecedor nerviosismo le recorrió el cuerpo. Hacía tan sólo un par de días era uno más, un simple guerrero, sin experiencia en el campo de batalla y con poco más de veintiséis inviernos a sus espaldas. Ahora, debía dirigir una de las mayores empresas que se recordaban en el último milenio. Y lo peor de todo era que sabía que, en caso de fracasar, no viviría para poder contárselo ni a sus hijos, ni a sus nietos, ni a nadie. Donde cualquier otro hubiera sentido un incontrolable pánico, él normalmente solo tenía un leve cosquilleo en el estómago. Sin embargo, aquella sensación de estar dirigiéndose hacia el más oscuro de los abismos estaba haciendo acto de presencia con mayor fuerza conforme se iba acercando a su destino. Sacudió la cabeza intentando relajarse, pero el continuo vaivén del barco surcando las tranquilas aguas del Mélethorn se lo impedía. A su lado, los oficiales de a bordo vociferaban incesantes órdenes a sus subordinados, ajenos a los pensamientos del chico.

—¿Todo en orden, capitán? —le preguntó a un hombre de grises barbas situado a pocos pasos.
—Eso creo, milord —respondió. Debía de llevarle más de treinta años, pero siempre se dirigía al chico como si este fuera un experto y él un novato—. El viento se ha puesto a nuestro favor, y el mar está tan sereno que se podría cruzar de una costa a otra a bordo de un simple esquife de pescadores.
—Tal vez sólo sea la calma que precede a la tempestad —murmuró el chico en voz baja.

La Lágrima de Archadia era inmenso, tal vez algo lento y pesado, pero con otro tipo de embarcaciones ligeras no hubieran tenido ninguna posibilidad de resistir ante las murallas de la Ciudadela del Ostengard. Los tres mástiles se alzaban hacia el firmamento expandiendo con orgullo las grandes velas de tela con el símbolo de su casa, el caballero índigo. En las alturas unos cuantos marineros vigilaban que las numerosas cuerdas y cabos de la jarcia estuvieran en su posición correcta. El chico observó la actividad a su alrededor. El ajetreo en la cubierta era considerable. Allá donde mirara sólo veía soldados y marineros en un constante ir y venir, realizando las labores necesarias para mantener el buen curso del navío.

El chico volvió a fijar su vista en las aguas del Mélethorn. Se encontraba en la proa, y a ambos lados de su barco podía ver cómo les seguían el resto de los buques de la Real Armada, dejando una estela de ondas a su paso. Surcaban el mar como si fueran sus señores, levantando miradas de admiración y haciendo que los curiosos habitantes de las profundidades marinas se asomaran a la superficie para contemplar semejante espectáculo. Pues era un gran espectáculo, una cantidad de buques nunca vista. Una gran flota que durante siglos había dominado los mares de plata y las rutas comerciales a Ithaladar y a las lejanas tierras del sur. Una flota que se había enfrentado con éxito a piratas, kuryosha, y otro tipo de enemigos dispuestos a hacerse con las riquezas que portaban los mercantes. Habían regresado hacía años de las campañas contra los marreqianos de las Islas de la Pasión trayendo consigo la victoria y multitud de tesoros. Sin embargo, ello también había supuesto un deterioro de las relaciones con los shaartaníes, que miraban con recelo las incursiones de los barcos teomnianos en los mares del sur, lo que en teoría consideraban como su territorio. “No son más que una panda de príncipes pretenciosos y oportunistas”, pensó el chico con amargura. Ahora que él estaba al frente, si conseguía primero arreglar las cosas en su propia casa, les diría unas cuantas palabras a esos malditos sureños. Arreglar las cosas. Sí, era fácil decirlo, mas tenía la sensación de que, por mucho que lo intentara, algunas cosas no tenían otra salida que el ser convertidas en boñiga para colapuercos.

En esos momentos una mano se posó sobre su espalda, sacándole de sus cavilaciones. No se dio la vuelta, simplemente giró la mirada en un leve movimiento hacia la izquierda, manteniendo su seria expresión en el rostro. El recién llegado se situó a su lado, con los ojos clavados en la negra fortaleza que se alzaba sobre la roca del horizonte.
—Dicen que nunca ha sido tomada, milord —dijo. Su voz tenía un timbre grave al que nunca se había conseguido acostumbrar.
—Dicen que nunca ha sido asediada —le corrigió el chico con dureza.
El caballero se encogió de hombros.
—En cualquier caso, las desgracias del populacho, en la taberna se consuelan.
El gélido aire de principios de otoño trajo consigo un intenso olor a mar. Algunas nubes empezaban a aparecer por los cielos del oeste, tapando a ratos el sol del ocaso.
—¿Qué noticias tenemos de las demás ciudades? —preguntó el muchacho—. ¿Han movilizado a sus respectivas escuadras?
—Los navíos de los derilianos partieron anoche del puerto de Uthòm y se espera que alcancen Aldebarán dentro de unas horas —contestó.
El hombre con el que hablaba iba equipado con una reluciente coraza, lo cual contrastaba con su desaliñada barba de tres días. Sus duros rasgos confirmaban una amplia experiencia en batalla, y con su presencia se sentía resguardado. El joven hizo una mueca de aspaviento.
—Pensaba que la Llama Dorada se había reafirmado en su neutralidad —sus ojos brillaron con intensidad durante unos instantes.
—Y así es —dijo el caballero—. El Consejo ha publicado un edicto por el que se ofrece a los barcos de guerra de cualquier bando la posibilidad de repostar suministros en la ciudad; eso sí, a cambio de una cantidad de oro nada desdeñable —gruñó—. En las peleas de gatos, las ratas siempre ganan.
—Eso ya lo veremos, Sir Gérald —respondió el chico con frialdad—, a veces la neutralidad puede ser tan peligrosa como estar en el bando equivocado. Y el Alba nunca olvida los agravios.

“El Alba de Plata”, pensó. Tres mil años siendo el guardián de Tëom, y en poco menos de unos meses se había convertido en su principal enemigo. El bastión de Ostengard era una de sus plazas fortificadas más imponentes, un peñón en medio del famoso mar interior al que los antiguos habían denominado como lago del Mélethorn, siempre atento, siempre vigilante. Y ahora era su objetivo. Desde aquella distancia se podían distinguir las puntiagudas almenas y las recias torres de la ciudadela. En parte, Sir Gérald estaba en lo correcto, el hecho de que la fortaleza estuviera en medio del mar la hacía inexpugnable en cierto sentido, pues los asedios marítimos eran duros y costosos. Pero la flota que ellos dirigían era inabarcable a la vista, y el peñón poseía un buen puerto natural al sur, resguardado de los vientos del noroeste. Todo era cuestión de abrirse paso hasta allí. Según había leído en los informes de navegación, toda la costa noroeste de la isla estaba plagada de peligrosos y afilados peñascos que surgían de las profundidades del Mélethorn, así que tratarían de evitar esa zona a toda costa. Se harían con los muelles sin importar el precio y desde ahí prepararían el sitio. Poco importaba si el asedio duraba tres días o tres meses, en algún momento los caballeros se quedarían sin alimentos y sin otros bienes básicos para su supervivencia. Y entonces obtendrían la victoria. “Al menos, siempre y cuando ni los nórdicos ni las ciudades del sureste les ofrezcan su apoyo”, reflexionó una vez más.

—¿No ha llegado todavía ningún mensaje del norte? —preguntó volviéndose hacia Sir Gérald.
—No sabemos nada –respondió negando con la cabeza—, pero es posible que aún no hayan recibido la misiva —hizo una breve pausa—. No olvidéis que es un largo viaje, milord, alrededor de diez días de camino hasta Tres Ciudades, y cinco más hasta Tyrreum.
—He oído que en el Shaartajar emplean pájaros para llevar los mensajes de una ciudad a otra.
—También se dice que allí las mujeres nunca envejecen y que sus pechos son tan grandes como los frutos del árbol dorado de Herméris —dijo el caballero mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios.
—Sí, pero a diferencia de los pájaros mensajeros, un par de tetas no va a ayudarnos a ganar esta guerra —respondió el muchacho con vehemencia.

Sir Gérald soltó una carcajada tras escuchar el comentario y asintió. El joven sonrió y descubrió que estaba algo más relajado que antes. Por lo menos, en aquel instante de tiempo le parecía que el asedio del Ostengard les quedaba bastante más lejos de lo que estaba en realidad.

En esos momentos se giraron hacia la cubierta del barco. Entre el ruido de la multitud de marineros que trabajaban yendo de un lado para otro se escuchó el sonido de un cuerno, anunciando la llegada de un barco de transporte desde el continente.

El chico y el caballero avanzaron con presteza por la cubierta de proa para darle la bienvenida al mensajero que llegaba del sur. Los gritos de los soldados se confundían en el aire mientras la tripulación trataba de preparar el corvus para que los viajeros del transporte pudiera acceder al buque de guerra. Éste era un viejo pero eficaz mecanismo cuyo su origen se encontraba en los terevius con los que los antiguos bretones surcaban los mares. Constaba de un mástil de unos doce brazos de altura ligeramente inclinado hacia el mar con el que, por medio de dos roldanas y un cabo, se podía levantar de arriba a abajo una suerte de puente levadizo. Era un sistema bastante sencillo pero en la práctica se hacía muy útil para que grandes multitudes de personas pasaran de una nave a otra.

En menos de un cuarto de hora la ligera embarcación de madera se posicionó a la altura de la Lágrima de Archadia y la tripulación inició las maniobras para bajar el corvus.

Cuando por fin todo estuvo dispuesto, varios soldados ataviados con los aceitunados colores de la casa a la que representaban llegaron hasta la cubierta principal y en un gesto solemne dieron paso a un robusto anciano ataviado en una túnica color cerúleo que caminaba con ligereza. Ya no le quedaba pelo en la coronilla, pero una frondosa barba blanca le caía hasta el pecho, haciéndole parecer aún más viejo, si cabe. A diferencia de Sir Gérald, su rostro era severo y parecía surcado por la preocupación.

El anciano llegó hasta donde se encontraban el chico y caballero e hizo una educada reverencia, tras la cual le dedicó un formal saludo al más joven.
—¿Qué os trae hasta aquí, Lord Langley? —preguntó este con desconfianza—. No me creo que hayáis surcado las traicioneras aguas del Mélethorn solamente para presenciar en primera fila el combate.
—La verdad es que mañana mismo regresaré al continente, mi señor —respondió—, pero antes he de notificaros diversos asuntos que han llegado a mi conocimiento y que, como aforado del reino, me inquietan.
El anciano esperó para ver si se le hacía alguna otra pregunta, permaneciendo en silencio durante unos pocos segundos. Después continuó.
—Lo primero de todo es que seguimos sin tener noticias de vuestro hermano —hablaba con una cierta parsimonia que no hacía más que irritar al chico—. Yo y el resto de las grandes casas estamos en verdad preocupados por la posibilidad de que se haya puesto en contacto con Lord De l'Espinée y les haya revelado algo de lo que...
Fue cortado con brusquedad.
—Mi hermano jamás nos traicionaría —soltó encolerizado—. Sé de sobra que su lealtad está con nuestra familia y con nuestro reino.
—¿Y entonces, me pregunto, por qué no se halla entre vuestras filas? —le preguntó inquisitivamente el anciano a la vez que fruncía sus pobladas cejas.
El chico se volvió hacia la derecha con el rostro avinagrado.
—Le ha pasado algo, estoy seguro —gruñó en voz baja—. La última vez que lo vi fue en la reunión que mantuvimos con los vinossianos.
—De eso ya hace más de dos semanas —observó el caballero con un deje de inquietud.
—Sé cuanto tiempo hace, Sir Gérald —le cortó el chico. Se volvió hacia el anciano—. He puesto a varias compañías del Segundo Regimiento en conocimiento del problema y en estos momentos estarán buscándolo. No tardarán en dar con él, os lo aseguro.
—El precio por desertar o desobedecer al Alba de Plata es la cabeza —dijo el anciano—. Es una simple cuestión de saber a qué juego te es más conveniente jugar. Si tienes la certeza de que uno de los posibles vencedores te permitiría vivir, entonces resulta preferible unirse a su oponente. ¿Hasta qué punto estáis seguro de la lealtad de vuestro hermano? –preguntó dirigiéndole una penetrante mirada hostil.
Las palabras del viejo le metieron la duda en el cuerpo. Era cierto que frente al miedo de ser ejecutado su hermano podría haber unido sus fuerzas a los thelderon, pero desde su ultimo encuentro los acontecimientos también se habían acelerado con creces. Entendía que las Espadas del Reino estuvieran inquietas. La insinuación e impertinencia de su consejero, sin embargo, le hizo enfurecerse hasta enrojecer.
—Maldita sea, yo mismo seré el que le separe la cabeza del cuerpo si descubro que ha huido a esconderse a Puerto Theledor —señaló al anciano con el dedo—, y os juro por todos los putos dioses del Elyseum que después haré lo mismo con vos para no tener que aguantar vuestras disertaciones en lo que me resta de vida.
El anciano se tomó sus palabras con humor.
—Oh, no os preocupéis, mi señor —contestó Lord Langley dedicándole una sonrisa cargada de cinismo—, ciertamente no creo que me queden muchas más primaveras.
—Supongo que no habréis venido sólo para decirme eso —le apremió el chico de mala gana.

Toda aquella presión le estaba haciendo mella en su carácter. Siempre había sido bastante autoritario, en parte le venía de su padre. La dinastía de hierro, los que, según el pueblo, nunca quedaban satisfechos. Pero ahora que sentía en sus propias carnes el empuje y esfuerzo que suponía comandar todo un ejército su malhumor había ido creciendo. En parte los últimos acontecimientos habían tenido mucho que ver. En las recientes semanas había experimentado con cierta sorpresa la forma en la que los más oscuros de sus sentimientos afloraban en su persona, tanto en la vigilia como en sueños. Y la verdad era que lo que veía no le estaba gustando en absoluto.

Una fría ráfaga de viento le levantó los negros cabellos e hizo ondear las velas del barco. El sol se había escondido detrás de las nubes y la oscuridad empezaba a cubrir aquella parte del mundo. Al fondo, el peñón donde se situaba el Ostengard no era más que una mota de ébano escondida tras el oleaje que rompía contra las rocas.
—Por supuesto —dijo el anciano mientras se sacaba una carta de pergamino lacrado de la cintura—, también habéis de saber que Lord Varian de Seronarte todavía está juntando a sus tropas en el fuerte de Encinar de Reodrig, y seguramente no embarcarán hacia el norte hasta dentro de uno o dos días. Parece ser que Lord Fellyp de Valdemonte y sus caballeros aún marchan hacia Pinar del Rey, y el resto de sus señores se niegan a partir dejando las fronteras del norte sin protección.
—No se fían de los amberdinos —dijo Sir Gérald—; y menos aún de Theodyre Leblanc, teniendo en cuenta que éste último aún recuerda lo del hermano de Lord Varian. Seronarte siempre ha sido un temerario en cuanto a cuestiones militares se refiere.
—En cuanto a la vida se refiere —masculló el chico—, pero a pesar de ello siempre le salen demasiado bien sus maniobras. Empiezo a pensar que se ha tirado a la Invidente o algo parecido, si no, no me lo consigo explicar.
Sir Gérald rió con ganas, pero Lord Langley seguía con su falsa expresión de noble empalagoso, “como si me fuera a parecer menos idiota por enseñarme los dientes”, pensó. El muchacho volvió la vista sobre el Mélethorn, como esperando que la imagen del Ostengard al fondo hubiera desaparecido. Seguía igual.
—Bah, los Doce se los lleven a todos ellos y a toda su estúpida descendencia —gruñó finalmente—. La flota de Lord Edelthorn ya viene con una prolongada dilación y ahora son los sareños los que nos hacen perder el tiempo. Maldita sea, autoridad es lo que les haría falta a esos reyes de pacotilla.

Fijó entonces su atención en el pergamino del que le había hecho entrega su consejero. Llevaba el mágico sello de Tres Ciudades. “Ya era hora”, pensó el muchacho. Lo abrió sin más y se puso a leer con avidez lo que decía. Los candiles empezaban a encenderse por toda la cubierta de la Lágrima de Archadia, dándole la bienvenida a la noche. A pesar de que las aguas seguían en calma, el leve balanceo del buque todavía resultaba algo molesto.

Era una carta más larga de lo que en un principio parecía. Mientras iba leyendo, el joven muchacho les hizo un gesto a los dos nobles para que fueran bajando a la cubierta principal a resguardarse en la cabina de los huéspedes y que les sirvieran la cena. Caminaba sin darse cuenta de que los soldados le iban haciendo saludos a su paso y Sir Gérald debió de notar que conforme iba llegando al final del rollo, al chico empezaban a subírsele los colores y su frente se iba arrugando cada vez más. Después de terminar con la carta, resopló enfurecido y desgarró el papel de pergamino por la mitad, dejando que el viento se lo llevara hacia los límites de la lejanía.

Sus dos acompañantes le miraron con cierta zozobra y aguardaron a que les diera alguna explicación. No parecía que las noticias llegadas desde el norte hubieran sido de su agrado.
—Han dicho que no —anunció—, no nos darán su apoyo.
El caballero se pasó la mano por su áspera barba con preocupación.
—Entonces tendremos que hacer frente al Alba de Plata sólo con la ayuda de los derilianos y sareños —manifestó, incómodo—. Ahora que nos han denegado la asistencia de sus tropas el ataque a la ciudadela va a estar más complicado.
—No sólo eso —dijo el chico dejando entrever su profunda irritación—, los norteños han decidido romper relaciones diplomáticas con el Mélethorn y retirar a sus embajadores de nuestras ciudades.
El anciano le miró con el ceño fruncido.
—No tiene sentido, ¿por qué iban a hacer eso? —dijo—. Este conflicto no va con ellos ni les afecta en absoluto, les queda a más de diez íteres de distancia.
—Señores, esto trasciende de un mero conflicto diplomático —resopló el joven—. Esos bastardos tienen miedo de que si el Alba desaparece, tarde o temprano acabe por resurgir una nueva Brethannia. Y tened por seguro que no les importará ensuciarse las manos para impedirlo.
—Eso es absurdo —volvió a decir mientras hacía un gesto con la mano—, no ha habido un imperio en Tëom desde hace más de tres mil años.
—Lord Sorell y Lord Endlehammer no parecen compartir vuestra opinión —le replicó—. Y sin duda esos arrogantes nobles de Vinossia tampoco.
—¿Y qué hay de Thorak Neirkken? —intervino Sir Gérald—. Tyrreum es otro de los pesos pesados del norte.
El chico se volvió hacia su caballero mientras sacudía la cabeza.
—Para ese hombre, lo que hay al sur del Rédanus ni existe ni es merecedor de su atención. Además, por los últimos informes que Sir Ander Tryllace me ha hecho llegar, sospecho que ya tiene suficientes problemas en su casa manteniendo a raya a los kuryosha. Sabéis como son esos nórdicos, jamás irían en contra de sus compatriotas. Aún en el remoto caso de que creyera en nuestra causa, dudo que Lord Draken Västmanlant y el resto de salvajes en los que se apoya le permitieran enfrentarse a una guerra a cientos de miles de marchas de distancia cuando tienen un frente abierto en Thromein y otro más en las Montañas de Fuego. Si ya los tripolitanos no nos tienen demasiado afecto, sería una estupidez esperar algo de los tyrrumenses.
Las noches otoñales volvían a cubrir el continente, y en el lago del Mélethorn las incesantes y desagradables brisas marinas refrescaban bastante el ambiente. El silencio se hizo entre los tres hombres mientras a su alrededor los marineros seguían con sus labores antes de bajar a la bodega para la cena, ajenos a la conversación que estaban manteniendo.
—¿Qué nos aguarda entonces? —preguntó el caballero con voz queda.
El muchacho volvió a contemplar el oleaje del mar. En el horizonte, a la luz del fuego de las antorchas, las murallas del Ostengard volvieron a brillar burlándose de sus palabras, como diciéndole “Te lo advertimos”. Intentó sacarse esos pensamientos de su cabeza. Finalmente, torció el gesto y miró a Sir Gérald a los ojos.
—La guerra —respondió.

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