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El autor (yo natsume hyuuga :'b) nos invita a un viaje fascinante a través de seres asombrosos que ha ido conociendo a lo largo de su vida, tanto durante su infancia, al lado de su padre, como en solitario, en su recorrido por el mundo, en busca de enseñanzas chamánicas, único heredero de los conocimientos de su padre, el creador de la psicomagia.


Personajes:

En contruccion



Capitulo 1


CADA ARBOL SE CONOCÉ POR SU FRUTO


Cuando cumplí siete años, mi padre me llevó de la mano a su sagrada biblioteca
sin decir una palabra y por primera vez viví un profundo contacto espiritual
con él. Con unos precisos gestos esenciales —como en la tradicional ceremonia
del té japonés— prendió un incienso, me hizo colocar de rodillas en posición de
meditación, juntó mis manos a la altura del vientre con los pulgares unidos como si
fueran una pequeña llama y se sentó frente a mí. Cuando terminó de acomodarse,
fijó la mirada en un punto indeterminado del suelo, respiró hondo y, con una voz que
parecía surgir del fondo de la tierra, me planteó mi primer koan.
—No comienza, no termina... ¿Qué es?
Me quedé sin habla. ¿De dónde surgía una pregunta tan extraña? ¿Cuál era
su sentido? Sentí que si fracasaba perdería a mi padre para siempre. Me tembló
el alma, se me revolvió el vientre y, desesperado, busqué una respuesta entre los
surcos de mi mente. Pero ¿cómo podía alcanzar el satori —una súbita iluminación—
aquel niño de tan sólo siete años? Uno puede demorarse toda una vida en despertar
a su condición original, a su dios interior; así que, o me reventaba la mente por
el esfuerzo sin encontrar las palabras adecuadas, o me convertía en un mutante: un
niño tempranamente despierto.

El silencio que siguió me pareció eterno. Tímidamente, al fin me atreví a farfullar:
—Viene de allí y va para allí.
Mi padre me sonrió con satisfacción.
—Eres astuto. Mereces que te cuente el sentido de los koans.
Durante la hora que siguió, recibí una apasionada explicación sobre estas ancestrales
preguntas utilizadas por los maestros del budismo zen como un modo de
transmisión del conocimiento a sus discípulos. Su propósito consiste en revelar un nivel
de experiencia directa no conceptual de la realidad y hacer florecer la sabiduría
intuitiva en los iniciados. Se puede meditar sobre su significado durante años, pero
hay maestros que te miran con insistencia y piden una respuesta inmediata. La solución
en sí no tiene importancia, pero debe brotar espontáneamente y con autenticidad.
Pues para responder: «¿Qué es el Buda?», tienes que vivir la budeidad.
Aquel día no logré ninguna clase de iluminación espontánea, ni un despertar al dios
interior, pero estoy seguro de que el deseo de vivir esa condición se alumbró en mí
con la inextinguible llama del anhelo espiritual que a partir de ese momento guiaría
mis pasos. En mi camino de despertar recibí la constante ayuda de toda clase de
aliados y maestros que milagrosamente se fueron cruzando en mi vida desde que
fui concebido: enanas, magos, trileros, niñeras sabias, monjes, chamanes, poetas,
curanderos, travestidos… También mis padres fueron un puntal en mi educación:
aquel primer encuentro cara a cara con Alejandro resultó crucial y nuestras sagradas
sesiones de aprendizaje se multiplicaron. Junto a él comprendí que la belleza
sana: su búsqueda convierte el arte en uno de los instrumentos de sanación más
poderosos que existen. Gracias a sus lecciones, pude aprehender los tesoros de
mi árbol genealógico. Pero también su amor paternal contenido, que tanto me faltó
en mis primeros pasos y que tardó cincuenta años en liberar por completo. El koan
siempre estuvo presente en sus enseñanzas y formaba parte de nuestro lenguaje
cotidiano. Durante la infancia y adolescencia me planteó cientos de ellos. Yo aparecía
corriendo ante él a cualquier hora, anunciándole entusiasmado: «¡Ya tengo
la respuesta!». Entonces nos colocábamos en la misma posición de siempre, yo de
rodillas y mi padre sentado, y me planteaba la pregunta, a la que yo respondía con
algún que otro acierto y muchos pataleos por no encontrar la solución adecuada.
Mediante esta ceremonia, el budismo zen se implantó en mí como un vehículo
afectivo con mi familia. Y así, a los trece años, mi padre me propuso un koan que
para mí fue el más importante de todos:
—En un bosque hay un tigre feroz con un collar de diamantes. ¿Quién se lo puede quitar?
Resolver este koan me llevó treinta años durante los cuales le di todo tipo de
respuestas. También, una tarde, llegué a su casa vestido de tigre y rugí. Otra vez me
desnudé en la calle y, dándome manotazos en el pecho como lo hacían los monjes
de antaño, grité al cielo: «¡No hay tigre en el bosque!». Cuando crecí un poco más,
fui a verle y, lleno de emoción, le dije: «El que se lo puede quitar es aquel a quien el
tigre ama». Y me fundí en un ataque de llanto. Quizás fueron bellas respuestas, pero
nunca sentí que acertara del todo. Hasta que llegó el día en que comprendí que ese
collar simbolizaba el sufrimiento con el que mis padres, a pesar de ellos mismos, me
habían encarcelado en mis primeros años de vida.
Mi infancia fue un período de caída y resurrección, un víacrucis marcado por
las heridas psíquicas que toda familia es capaz de estampar a fuego en el alma de
un niño. Eran los años sesenta y setenta, una época de ruptura con la generación
anterior, con el pasado y con las normas establecidas. En su viaje hacia una nueva
educación, mis padres tuvieron aciertos, pero también desatenciones que hicieron
de mí un niño sensible, atormentado, víctima de depresiones, de neurosis de fracaso,
y con la sensación de arrastrarse por la vida como un inmundo gusano. Como
explico en estas páginas, mis dificultades personales me llevaron a rozar la muerte
a los treinta y un años. Y fue en ese preciso instante cuando decidí reorientar definitivamente
mi destino. Retirarme el collar del tigre no sólo representaba solucionar
mi compleja y dolorosa relación con los míos, sino ampliar mis límites cognitivos, hacerme
cargo del inmenso collar genealógico, social, histórico y mítico de mi familia,
así como el de mi humanidad interior. Dicho en un lenguaje chamánico, me tenía
que despojar1 de los códigos educativos, de las inhibiciones, repeticiones, mitos y
conclusiones emocionales que se habían ido implantando en la memoria psíquica
de mi estirpe desde hacía generaciones. Éste es el relato de cómo esas cicatrices
de infancia fueron restañadas gracias a la psicomagia, el psicochamanismo y, posteriormente,
el psicorritual, una forma de ópera sagrada o teatro psicochamánico
a cuyo desarrollo he dedicado mis últimos años de búsqueda. Para llevar a cabo
mis propósitos de sanación, también conté con otras llaves de conocimiento, como
el Tarot o el masaje iniciático de nacimiento: senos espirituales de los que me nutrí
desde la infancia y a los que, junto la pintura, la poesía y el teatro, me he dedicado
hasta hoy. Para enriquecer todas estas artes he viajado por el mundo —y
continúo haciéndolo— para conocer a curanderos y chamanes, de quienes aprendí
sus lenguajes ancestrales para aplicarlos sobre las estructuras de la psique. Tuve la fortuna de asistir a rituales y ceremonias sagradas desde que era niño, pues
mis padres me llevaban con ellos cuando visitaban a don Arnulfo Martínez, doña
Gloria la abuelita, Soledad, don Ernesto, Carlos Said, don Rogelio, don Pancho,
Magdalena, Pachita y tantos otros curanderos. Cada uno de ellos trabajó sobre mí,
me limpió y me bendijo: de esa manera, pude incorporarlos. Así, aprendí a observarlos,
a descodificar el funcionamiento de sus símbolos y a depurar las estructuras
básicas de su trabajo.

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